martes, 8 de mayo de 2012

Fiesta quelónica.

(Fotografía de Helmut Newton : Cocodrile Eating Ballerina)

Enciendo una luz,
se apaga el vacío.
Me deslizo entre reptiles
en mi forma de insecto.
Sus aciagas lenguas
ansían devorarme,
hacerme añicos
en su fiesta quelónica.

Vuelo o lo intento.
Huyo o me encierro.

La saliva impurifica el alarido,
convirtiendo en tangible
y mortal
la vorágine de expiración
de un insecto fusilado,
regurgitado,
como un sueño que se diluyó
antes de tiempo.

Soy pasto en sus fauces.
Dejo de ser.

Larvaria desprocreación.

sábado, 5 de mayo de 2012

La sinestesia en cuatro estaciones.

(Set de fotografías de Ali Kheradyar)

El vello se entremezcló y difuminó las esquinas. La tercera dimensión gritó oblícua, habían desatado su fobia anterior. Los colores chorrearon flujos electroestáticos y las ciudades olvidaron sus enjutos nombres.

El desierto desempeñó sus labores de forma funcional: secó las cascadas y nutrió de vitaminas a los oasis. El agua tintineó con los terremotos de las dunas. Una brecha procreó -perdió su último condón- y el mundo se dividió en cuatro secciones: verde, negra, roja y azul. Los humanos que perduraron tras los movimientos pélvicos se camuflaron en su respectiva sección, dando rienda suelta a las sinestesias en masa. Las enfermedades antes conocidas huyeron del desastre, tomando el primer vuelo a Júpiter, Venus e incluso a Plutón. La sinestesia se alzó como la matriarca de las amenazas a una globalización en estado terminal. Comenzó como un juego, también como una capacidad que convertía en genios a quienes la poseían. Ésa fue su estrategia, hacerse de rogar en el inicio para así sacar adelante a los supervivientes de unos partos tremendamente dilatados y endebles.

Una vez que la epidemia sinestésica fue un hecho factible, la pigmentación humana desvarió, y aquellos que juraban y perjuraban la existencia de ovnis y extraterrestres se suicidaron en masa; en ese instante eran como ellos: 0 color carne y ecuménicamente empapados de extractos del círculo cromático más virginal.
Las calles se tornaron pasillos por los que danzaban seres delirantes oyendo colores y extasiándose con la más imperceptible nimiedad. Las conversaciones se clasificaron como innecesarias y el lenguaje acabó por extinguirse. La Tierra quedó poblada por seres de exóticas tonalidades, con sinestesia en las orejas y ausencia de comunicación verbal.

La locura salió del magma, se interpuso en su metódica travesía y no tuvieron otra opción que fusionarse con ella.
Rezarle a ella.
Alucinar por ella.
Follar con ella.

-Primer texto (micro-relato) incluido en la serie "Mutaciones terráqueas"-.

viernes, 4 de mayo de 2012

Humo en las venas.

(Fotografía de una servidora realizada en Londres por Miguel-E. Bueno)

I.
Contra-ataque.
Miento.
Ataque, no hubo nada al inicio.
Miento de nuevo.
Hubo vacío y dolor.
Ausencia de colores
y desnudez
y lupas
y espías.
y persecuciones -sin angina de pecho-
y afectos fingidos
y quemaduras en la nuca.


II.
Nacimiento por cesárea.
Negro durante 14 días.
Un innatista afirmará que nací en mi estado actual,
pero las metamorfosis me remodelaron.
Tras el humo,
tras cada una de ellas
surgía una versión (des)mejorada
del estado previo,
del recuerdo previo,
del ambiente previo.


III.
El asfalto se precipitó sobre mí.
Me rompí tropecientas venas
y sangré creyendo curarme.
Vinieron los puntos de sutura,
el universo,
los agujeros negros
y la casualidad de comprender a Sternberg.
Vino el miedo y no lo espanté.
Viniste tú y te creé.
Vinieron las palabras,
las estructuras gramaticalmente incorrectas
y los borrones
y al fin supe cómo escribirme
y cómo mudar de piel en el ensueño
-durante mi existencia la piel se me resquebraja incontroladamente
y el maullido de las paredes expulsa el suficiente vapor para ocultarme
(sólo) hasta el próximo fotograma-.
Así, aterrizó la selección natural en mi crecimiento.

    jueves, 3 de mayo de 2012

    Congelarse y desmembrarse.

    (Fotografía de Finn O'Hara)

    Muerte por congelación.
    Los culpables son los sesgos perceptivos
    -cerraduras que prohíben el calor-.

    Se gasta el incienso,
    fallece el mechero,
    y regresa ese olor,
    el aroma de la hipotermia del recuerdo.

    Nos cubre el hielo.
    Ya estamos muertos,
    afónicos y muertos.

    Fútilmente adictos a las máscaras antigás,
    al despiadado crujido de un pie sin dedos
    y al chasquido de un corazón infartado.
    También a los trajes de neopreno,
    a los extintos trópicos
    y al talento de algún mutante que nos salve,
    nos coagule el conocimiento
    y explicítamente nos accione,
    lubrique
    y empuje
    fuera de este congelador industrial.

    martes, 1 de mayo de 2012