(Fotograma de la película El hombre elefante de David Lynch)Elefantes.
Una manada furiosa embiste a un prototipo de madre que se convulsiona ante una violenta sucesión de imágenes. El corazón del feto –su prototipo de hijo- se traspapela y el cerebro se abandona a las pruebas circunstanciales derivando el control de las terminales nerviosas a un hombre de – futuro- pelo insípido y –futuro- rostro fraudulento. De momento es un ser en desarrollo, el sustantivo “hombre” aterrizará sobre su cabeza tras el parto, si ninguno de esos “normales” escandaliza al pueblo llano. Si su genética es aún cambiante. Si no, monstruo será la palabra con la que se acunará desde su primera respiración.
Elefantes.
Sobreviene el caos. La inhumanidad ahoga, exprime e idiotiza al planeta; murmura, señala y apalea al hombre diferente, apagándole y provocándole pesadillas diurnas en las que vaga entre las sombras deseando llegar al hogar que nunca tuvo, volver a abrazar a la madre que se extinguió en su infancia y recibir una simple muestra de cariño que no conlleve escupitajos. Mientras, su alrededor se convulsiona ante las deformaciones físicas que escudan el alma del único ser que merece apellidarse humano, del único que supo sobrellevar el 90 % de sus días escondido, exhibido, maltratado y ensuciado por las palabras de los verdaderos imbéciles y aún así hallar la belleza en la naturaleza. El que una vez fue tratado BIEN, sólo pretendió llenar el último vacío que gemía en su interior acostándose sobre las consecuencias como una persona más.
Y así fue como John Merrick cesó en su empeño por hacer de la Tierra un lugar mejor.
Nada,
nada morirá jamás.
La corriente sigue su curso.
El viento sopla.
La nube vuela ligera.
El corazón palpita.
Nada morirá.
El hombre elefante, 1980.
nada morirá jamás.
La corriente sigue su curso.
El viento sopla.
La nube vuela ligera.
El corazón palpita.
Nada morirá.
El hombre elefante, 1980.
Para saber más sobre John Merrick.